sábado, 17 de octubre de 2015

Pero mañana, nos habremos olvidado

“En lo que va de año, los suicidios adolescentes en España han crecido en al menos 100 muertes más. Tras la guerra, el suicidio es la causa de muerte más común entre los jóvenes”

Hay algo que estamos haciendo mal. ¿Cómo es posible que cada día aparezcan miles de nuevas ideas para hacer nuestras vidas más fáciles y sin embargo, cada vez somos más infelices? Pues creo que el problema está ahí; en que cada vez nuestras vidas son más fáciles.
He estado un rato escuchando música en  mi cama con las luces apagadas. He cerrado los ojos y he hecho lo que tantas otras veces he practicado. He repetido en mi cabeza una y otra vez esa historia que tan bien conozco y casi sin darme cuenta, he podido ver una vida desde unos ojos que no son los míos. Aun con los ojos cerrados y en mi cama, he visto y entendido:

“Ha sonado su despertador y ha corrido a apagarlo. No tiene fuerzas para levantarse de la cama, y es que anoche, como cada noche, no durmió bien. Lleva meses sin apenas dormir. Lleva meses sintiéndose igual desde que se levanta por la mañana. Y hoy, otro lunes más, todos seguirán sin entenderla. Hoy, de nuevo, todos seguirán sin entender por qué se hace daño a sí misma. Hoy todos volverán a reprocharle lo que hace y seguirán sin entender, que no lo puede evitar. Hoy volverá a sentirse sola, volverá a verse insignificante rodeada de tanta gente, volverá a no entender cómo nadie ve que necesita a alguien.
Su madre ha entrado a su cuarto para que no vuelva a llegar tarde a clase. Se ha quedado sentada a los pies de su cama hasta que ha visto que se incorporaba. Le ha besado mientras le acariciaba la mejilla. Le ha dicho que le quiere. Su madre ha salido del cuarto camino a la cocina con lágrimas en los ojos. No reconoce a su hija. No sabe ayudar a su hija. Y su hija, es infeliz.
Se ha levantado de la cama y como un robot se ha vestido, peinado y maquillado. Ha evitado mirarse al espejo cada vez que ha pasado por delante de él. Se ha maquillado casi de memoria, sin cruzar la vista con sus propios ojos en todo el rato. Ha salido de casa y ha sobrevivido al día. Ha sobrevivido otra vez más. Cuando ha vuelto a casa y su padre le ha preguntado por el día, no ha sabido qué contestar. No se acuerda. No sabe qué ha hecho, todo suena muy lejano y confuso. No recuerda haber mantenido una conversación interesante con nadie, no recuerda haber visto nada especial…todo está difuso. Así que solo responde que el día ha estado bien.
Entra a su habitación y cierra la puerta. Se tumba en su cama y cuando empieza a ver borroso, cierra los ojos. Nota como la primera lágrima ha mojado la almohada y casi sonríe. Llevaba tanto tiempo sin llorar. Llevaba tanto tiempo sin sentir nada. Pero de repente el llanto ya no es tranquilo. Ahora le cuesta respirar y nota cómo viene la ansiedad. Empieza a temblar y práctica los pasos que el psicólogo le ha enseñado para relajarse. Comienza a respirar mejor, pero su cabeza sigue sin apagarse. Lleva meses funcionando demasiado. Lleva demasiado tiempo torturándola con sus pensamientos. Ella sólo quiere apagarlos, quiere dejar de pensar por unos minutos, quiere estar en paz. Necesita silencio en su cabeza. Y está cansada”

He abierto los ojos, ahora en mi cama. Mi almohada también se ha mojado ahora. Y es porque he entendido. Queremos una vida fácil. Queremos una familia y mucho dinero, muchos amigos, una buena casa y comodidad. A menudo, trabajamos de sol a sol para conseguir esa casa y ese dinero. La mayoría de quienes ya lo tienen, educan a sus hijos en una superficialidad continua. Les enseñan a adorar la riqueza, su clase, su círculo…y no les sacan de sus realidades de cuentos de princesas. Les educan en un ambiente de egoísmo, en el que todo se consigue a la primera. Todo lo que se estropea se tira, no se arregla. Se compra algo nuevo. Porque lo nuevo siempre es mejor que lo antiguo.
Alimentamos la visión estereotipada de la realidad con la que nos bombardean cada día. Alimentamos el prototipo de belleza que nos venden, generando inseguridades innecesarias y exageradas en las chicas. Juzgamos con nuestras miradas cada paso de los demás. Desaprobamos lo que no compartimos. Tememos lo que tiene apariencia diferente. Reprimimos a aquellos que tienen un color de piel distinto al nuestro. Y lo basamos todo en nosotros mismos.
Cortamos las amistades que se complican en lugar de tratar de arreglarlas. Abandonamos a nuestros amigos cuando pasan por sus peores momentos, por ahorrarnos el sufrimiento. Rompemos relaciones por no intentarlo una vez más. Y cuando paremos un día, ya mayores y con más de la mitad de nuestras vidas cumplidas, veremos que tenemos dinero y una casa preciosa, pero que nuestro marido vive en otra casa, que nuestra hija está encerrada en su cuarto abrazada a sus sábanas y que ésta, no era la vida que queríamos.
Recordaremos las veces que hemos dejado solos a quienes nos necesitaban. Echaremos de menos a quienes no fueron capaces de llegar hasta ahí y nos miraremos y nos arrepentiremos de habernos levantado de la cama cada día pensando en que quizás, había alguien que no tenía fuerzas para hacerlo.
Así que mañana, que aun tendré tiempo, lo pensaré. Aunque duela. Aunque no pueda hacer nada.